La niña tonta
Federico Falco
 
Se habían casado muy jovencitos y la primera de las tres niñas que tuvieron había nacido tonta. Los médicos casi enseguida avisaron de la noticia y adujeron a cierta falta de aire en el parto, a un colapso, el retraso. De bebé fue como todas, pero cuando las hijas de los vecinos nacidas más o menos en los mismos días comenzaron a recorrer la casa gateando en cuatro patas, la de ellos todavía berreaba en la cuna, con piernitas de flan y ojos estrábicos. Se acostumbraron e intentaron ser felices y las dos otras hijas que vinieron después los hicieron felices. Pero él era vago y ella tenía que trabajar por los dos. Ella tejía trapos de piso en el living de su casa, porque, por la hija más grande, no podía alejarse demasiado.
Al principio, él trabajó en un escritorio, haciendo cuentas y sumando dinero ajeno. Por las noches se quejaba de cuánto tenían los otros y cuán poco tenía él, así que ella lo apoyó cuando decidió renunciar. Más tarde él trabajó en una oficina. Debía recibir a los clientes y llenar formularios con los datos que iba preguntando en el mismo orden en que aparecían. Los formularios se llamaban “Carta de porte” y él los llenaba en una vieja máquina de escribir, tecleando letra por letra los nombres de los transportistas, los nombres de los dueños de la carga y, primero en números y luego, entre paréntesis, en letras también, el peso de la carga, detallando tara y bruto. Al terminar separaba los carbónicos y entregaba el duplicado al transportista, el triplicado al contratante y archivaba el original. Finalmente también dejó ese trabajo.
Las tres hijas habían crecido. Las tres rubias y las tres hermosas, pero la más grande, tonta. Aprendió a caminar recién cuando sus hermanas menores corrían ya por el patio y lo hizo debido a la infinidad de golpes y arrastradas a que las otras la sometieron en sus juegos con esa muñeca grande y dócil y verdadera. A hablar comenzó casi con ocho años y comenzó de pronto, una mañana, sin que nada lo predijera, y como si, debido a la pura casualidad, o a una alineación impensada e improbable de astros o de condiciones climáticas, algunas de sus neuronas hubieran despertado de un largo sueño y retomado habilidades abandonadas hace siglos, ordenando a la boca y a la garganta, en lugar de berrear por la taza de leche matinal, decir claro y en voz alta “mamá, tengo hambre”. Fue un milagro que los médicos no supieron explicar y que, por un breve tiempo, dio esperanzas de otros milagros que podrían venir y que no vinieron. De todos modos, significó una alegría en el hogar.
Ahora la niña caminaba y hablaba. Se podía movilizar por sí misma e ir hasta el almacén de la esquina y hacer mandados siempre que llevara todo anotado en una lista clara y precisa. Le gustaba que le contaran historias y que le leyeran cuentos, pero después los repetía cambiados, en otro orden, o mezclando los personajes. Eso convencía a su padre y a su madre de que aún era tonta. De todos modos, ella, la madre, todo el día, y él, el padre, antes de ir al trabajo, fuera cual fuere el que tuviera en esos años, y al volver también, se desvivían por ella y la atendían y la mimaban y le daban todos los gustos y todos los cariños. Un médico les había dicho que moriría joven, seguramente antes de cumplir dieciocho años y por eso no había límites en hacer más feliz la vida, que sería breve, de esa hija. Fue por esto que las otras dos niñas, rubias e inteligentes, crecieron un poco solas y al margen, peinándose ellas mismas, una a otra y otra a una, cada mañana, las dos reglamentarias coletas de ir al colegio, preocupándose ellas solas por completar sus deberes o inventar una buena excusa para no presentarlos y entreteniéndose en solitario con peponas de plástico barato y juegos inventados ya que todo el dinero que podría haber sido para juguetes y diversiones se desviaba en pos de la salud y la felicidad efímera de la mayor.
Los años transcurrieron. En ese tiempo el padre cambió cuatro veces más de trabajo, y pasó, entre uno y otro, muchos días sin salir de la casa, jugando, en el fondo, con su niña tonta y complaciendo sus caprichos, mientras la madre, frente a la ventana, tejía y tejía. Las dos hijas menores se transformaron en bonitas señoritas que despertaban mil ilusiones en los varones del pueblo. Sin demasiados controles, comenzaron a escapar por las ventanas apenas se apagaban las luces del hogar y a encontrarse con jovencitos asustados pero intrépidos en zaguanes retirados.
El último día de sus diecisiete años, la niña tonta fue más atendida que nunca, más alimentada y más complacida. Sabían que la fecha final no era estricta, pero igual calculaban que no cumpliría su año decimoctavo. Y sin embargo lo vivió, y también vivió el siguiente, y el próximo, y el otro, hasta cumplir veintiuno, veintidós, veintitrés y así seguir.
La hija más chica quedó embarazada pronto y se negó a decir el nombre del padre. Todavía no tenía panza cuando la del medio presentó un novio que los dejó boquiabiertos: era negro, pobre y tenía antecedentes en la policía. Lo aceptaron, ya sangrados por la pena, pero, en medio de tantos problemas, padre y madre comenzaron a llevarse mal, a discutir y a endilgarse las culpas. No tardaron mucho en maldecir el uno los genes del otro y acusarse por la hija estropeada. Dejaron de dormir juntos y, cuando un domingo de calor encontraron al futuro yerno lamiendo la entrepierna no de la hija correspondiente, sino de la embarazada (valga decirlo, con el beneplácito de ésta), el padre dio un portazo y huyó de ese fracaso de familia.
Nació el niño, fue dado a la Salud Pública y la madre huyó con su negro al Paraguay. La hija del medio, a la que la pérdida del novio no había afectado, se buscó un ganadero sesentón pero con plata, que la hizo su patrona y que la paseaba por la plaza del pueblo tan orgulloso como si llevara del brazo un toro campeón. No del todo complacida, pronto ella consiguió un amante entre la peonada y así vivió, rica y atendida, durante muchos años. Siempre que puede, comenta en la verdulería o en alguna cena todo lo que su familia ha sufrido por culpa de esa hermana tonta y mensualmente pasa un grueso fajo de billetes a su madre, que gracias a eso ya no debe tejer para afuera y que sólo se dedica a cuidar de su hija mayor. La viste de rosa y le pone baberos. Las tardes de otoño la deja al sol, en la vereda. Le teje polainas y, con el pulso tembloroso por la vejez, la maquilla los sábados.
Del padre nunca más se supo nada.
La hija menor manda tarjetas para Navidad y, de tanto en tanto, encomiendas con chipás caseros.
Subir